El IX Congreso EQAp contó con la vibrante intervención de Carmen Pellicer, quien sacudió los cimientos del debate pedagógico actual planteando una pregunta que posiblemente será la gran cuestión educativa del panorama actual: ¿Qué tipo de exalumno/a queremos tener para que rija el futuro?

A partir de esta interrogante, Pellicer dibujó una hoja de ruta centrada en la urgencia de “poner de moda la bondad” mediante una auténtica educación del carácter. Defendió que el fin último de la escuela no es la acumulación académica de saberes, sino la transformación profunda de la persona, recordando que el aprendizaje real solo acontece cuando impacta de forma simultánea en tres dimensiones: el ser, el pensar y el actuar.

Más allá de la educación emocional: La biología de la memoria profunda

En un momento de su discurso, Pellicer matizó el alcance de las tendencias actuales señalando que la educación emocional, aunque imprescindible, no soluciona por sí sola todos los problemas que irrumpen hoy en las aulas. Por ello, reivindicó la necesidad de implantar un programa integral de educación del carácter que aspire a educar el inconsciente y las entrañas del ser humano: “Debemos crear las oportunidades y entrenar las habilidades para que les apetezca ser buenos y actuar con bondad”.

Citando a Ortega y Gasset («La biografía modifica la biología, y no al revés»), enfatizó la importancia de educar en la memoria profunda. Para lograr esta impronta vital, situó como pilar indispensable el entrenamiento de las Funciones Ejecutivas —tales como la memoria de trabajo, la metacognición, la autorregulación y el control de la impulsividad—, argumentando además que el bienestar y la felicidad del alumnado son factores directamente vinculados al rendimiento académico y a la eficacia de cualquier proceso formativo.

De las virtudes teóricas a la práctica del día a día

La propuesta de Pellicer aterrizó en la ética aplicada. Generar virtudes, explicó, equivale a entrenar hábitos y decisiones morales dentro de la vida escolar. Para que a un estudiante “le apetezca ser bueno”, la institución debe diseñar deliberadamente las oportunidades que le permitan ejercitar esa bondad en contextos reales.

Muestra de este compromiso es el modelo implementado en las Escuelas Trilema, donde se dedican 440 horas al año a acciones concretas destinadas a la educación del carácter, a través del programa ‘Emoareté’. La presidenta de Trilema detalló el abanico de acciones concretas que vertebran la propuesta en los centros de la Fundación, que resumimos en: espacios de cohesión e interioridad (asambleas, convivencias…), Proyectos de salud y pensamiento (Fluye, Aprender a pensar…) o Estructuras de acompañamiento (tutorías verticales y horizontales…)