Martín Varela, subdirector de la Fundación Trilema, con su ponencia en el IX Congreso Internacional EQAp de Lima ‘Decisiones que construyen la comunidad educativa’, planteó una reflexión profunda sobre la gestión del cambio, utilizando la alegoría del mar, el barco y el faro para ilustrar la compleja labor de la dirección escolar.
El mensaje central resonó desde los primeros minutos: liderar no es opcional. En una institución educativa, las acciones y las omisiones comunican por igual. Puesto que la influencia ocurre de manera inevitable, la clave reside en pasar de un liderazgo por inercia o “piloto automático” a un entrenamiento estratégico del rol directivo.
Y lanzó una pregunta a los asistentes: ¿Lideran desde la confianza o desde el control?
La arquitectura del pensamiento y la toma de decisiones
Varela situó la toma de decisiones en el corazón de la función directiva. Frente a la complejidad del día a día, defendió la necesidad de sincronizar dos dimensiones fundamentales de la organización:
- La inteligencia generativa: Entendida como el motor creativo y emocional del centro, el espacio donde nacen la empatía, la innovación y la capacidad de soñar nuevos horizontes.
- La inteligencia ejecutiva: El verdadero “puente de mando” de la institución, encargado de fijar prioridades, aterrizar proyectos y garantizar que las ideas se traduzcan en procesos sostenibles.
El arte del equilibrio: Los trilemas de la dirección
El momento cumbre de la ponencia abordó las tensiones dialécticas a las que se enfrenta cualquier equipo directivo. El subdirector de Trilema defendió que liderar consiste en habitar y equilibrar polaridades que parecen opuestas pero son complementarias:
- Presencia frente a ausencia.
Un buen líder debe habitar el terreno cotidiano —estar presente en los patios, las aulas y los pasillos— para palpar el pulso real de la comunidad. Sin embargo, también requiere replegarse para construir un engranaje institucional tan robusto que la escuela sea capaz de funcionar con excelencia incluso en su ausencia.
- Lo complejo frente a lo sencillo.
Frente a la tentación de burocratizarlo todo, el reto estriba en simplificar las rutinas diarias (a través de preguntas de inicio humanas, círculos de coordinación o comunicación directa) mientras se estructuran con rigor los flujos pesados del centro, como los protocolos de acogida o la normativa institucional.
- Rigor estratégico frente a flexibilidad.
La visión a largo plazo y la capacidad de influir institucionalmente deben convivir con la agilidad necesaria para abrazar el error y poner en marcha proyectos piloto sin la parálisis del perfeccionismo.
- Fortaleza frente a vulnerabilidad.
Aunque las situaciones de crisis exigen un timón firme y determinación en la toma de decisiones, la madurez directiva pasa por saber admitir las propias limitaciones, pedir ayuda al equipo y someter el propio liderazgo a la evaluación de la comunidad educativa.
- Lo extraordinario frente a lo cotidiano.
El entusiasmo institucional se alimenta de grandes hitos, ritos y desafíos memorables. No obstante, el verdadero clima escolar se construye en el disfrute de la normalidad, la puntualidad, el respeto mutuo y el cuidado de los detalles del día a día.
A estas dinámicas se suman otros dilemas persistentes que todo equipo debe gestionar: la balanza entre atender al individuo o al colectivo, la eterna lucha entre lo urgente y lo importante, y la necesidad de basar la gestión en la confianza sin renunciar a los mecanismos de control y seguimiento.
Hoja de ruta para la acción
Para cerrar la jornada, Martín Varela propuso un decálogo de aterrizaje práctico con el objetivo de evitar que el cansancio devore la visión estratégica del líder. Entre sus recomendaciones destacaron:
- Empezar por lo pequeño: Promover cambios ágiles y progresivos en lugar de transformaciones traumáticas.
- Contar con un “Pepito Grillo”: Identificar una figura de confianza dentro o fuera del centro que actúe como espejo crítico y evaluador honesto de la gestión.
- Apropiarse de la agenda: El tiempo del directivo debe reflejar de forma inequívoca las verdaderas prioridades de la institución.
En conclusión, la intervención de Varela dejó una idea clara flotando en el auditorio: el liderazgo escolar consiste en actuar como un faro que orienta y un equipo que ajusta las velas según sople el viento.


